Por: Soc. Kelly J. Pottella G.
El destino de María Corina Machado en los pasillos de Washington ya no se rige por la retórica de los valores liberales, sino por la física del poder y la urgencia de los recursos. En el actual orden de fuerzas fragmentadas, donde el control del flujo energético prevalece sobre la narrativa de la libertad, Machado ha transicionado de ser un activo geopolítico a un obstáculo para el pragmatismo imperial. La verdad desnuda es que Estados Unidos no busca «liberar» a la nación, sino administrarla como un activo estratégico bajo custodia. La Ley BOLIVAR de 2024, diseñada originalmente para asfixiar financieramente al gobierno venezolano, ha sido neutralizada mediante un mecanismo de «blindaje de intereses nacionales» ejecutado fríamente desde el propio Despacho Oval.
La contradicción es tan flagrante como cínica. Mientras sectores del Capitolio instrumentalizan la imagen de Machado para captar cuotas electorales, la Casa Blanca ha implementado la Orden Ejecutiva 14373 del 9 de enero de 2026, que representa el acta de defunción de la autonomía política de la oposición. Esta orden institucionaliza los Fondos de Depósito de Gobiernos Extranjeros, un mecanismo donde todo ingreso por la comercialización de hidrocarburos es redirigido a cuentas bajo el control absoluto del Tesoro de EE. UU. Con esta modificación, Washington le quita a la oposición cualquier capacidad de gestión real: se le permite mantener un título simbólico, pero EE. UU. retiene la gobernanza financiera mediante una «naturaleza custodial», tratando a la nación como un protectorado técnico.
El «Escudo Legal» de las licencias de la OFAC ha convertido a los actores civiles en figuras decorativas. El Ejecutivo estadounidense ha comprendido que puede asegurar sus cuotas de crudo —pactadas este enero entre 30 y 50 millones de barriles— mediante transacciones directas con el poder real, invocando la «Seguridad Nacional» para desaplicar las prohibiciones legales. En este tablero, la Guayana Esequiba emerge no como un territorio en disputa, sino como el nodo crítico de recursos que Washington aspira a gestionar bajo su propio control industrial y digital. El mensaje es brutal: el imperio no tiene aliados, tiene intereses; y si el interés nacional exige ignorar a los actores civiles para asegurar el suministro energético que mantiene la economía estadounidense a flote, lo hará sin pestañear.
El reciente recibimiento en el Capitolio no es un respaldo real, sino la máxima expresión de la hipocresía política; un «premio de consolación» simbólico mientras la misma administración que la recibe publica sus «365 victorias», donde presume la revocación del TPS para 500.000 venezolanos. El modelo de dominación norteamericano es implacable: premia a los vencedores y desecha a quienes solo acumulan derrotas. Machado hoy solo ostenta un galardón de cristal que intenta esconder una cadena de fracasos y un interés internacional que también naufragó. Es el epílogo de una estafa política que prometió una «libertad» que en realidad era una entrega de llaves al mejor postor.
Resulta revelador observar cómo los sectores de la oposición radical que promovieron el destrozo interno terminaron exportando su propia oscuridad. Aquellos «guarimberos» que ayer quemaban personas en las calles bajo el disfraz de la protesta civil, son hoy los mismos rostros que Washington clasifica como «peores criminales» y miembros del «Tren de Aragua» en sus decretos de deportación. Aquella violencia no convencional no se disolvió en la frontera; simplemente cambió de escenario, y hoy el imperio utiliza la Ley de Enemigos Extranjeros para expulsar a quienes antes financió como «luchadores por la libertad». El malandraje que asediaba comunidades chavistas hoy es una delincuencia transnacional que avergüenza a la venezolanidad honesta y trabajadora que ya estaba establecida en el exterior con dignidad.
Mientras esa diáspora de resentimiento busca nuevas víctimas, la verdadera unidad nacional se ha forjado en el suelo que ellos despreciaron. Quienes nos quedamos entendimos que la libertad es una construcción cotidiana y heroica de quienes levantamos el país en medio de sanciones criminales y ataques que buscaron el quiebre de nuestra estructura familiar. Nosotros, los que resistimos creativamente, somos la verdadera gente decente, los que nos dedicamos a construir sobre las cenizas que el extremismo dejó.
El mensaje final de Washington es de una frialdad matemática: el sistema prefiere un flujo constante de crudo bajo custodia del Tesoro que el riesgo de una democracia soberana que decida sus propios aliados. Machado queda así atrapada en su propia paradoja: es la líder de una esperanza que el imperio ya ha canjeado por 50 millones de barriles de seguridad energética, mientras el país real sigue su curso, ignorando los premios de consolación de quienes apostaron al colapso y terminaron convirtiéndose en el desecho migratorio de sus propios patrocinadores.





