martes, 9 de febrero de 2016

Primero muerta que conuco

Carola Chàvez


huerto

Pocas cosas han recibido tantos ataques desde la clase media citadina como la propuesta de impulsar la agricultura urbana. ¡Urbanitas del mundo, uníos, porque no es no! -Gritan en feroz coro y uno se pregunta por qué tan rabioso rechazo, por qué la burla, por qué la ceguera.
La ciudades son trampas incapaces de sostenerse. Allí donde lo humano se diluye a favor de lo que llaman modernidad, los citadinos asumen mansamente el individualismo castrante. Su vida transcurre en la soledad de la propiedad privada. Millones en propiedad horizontal, cuyo máximo nivel de organización se reduce a una junta de condominio que solo sirve para fijar las cuotas que pagarán a una administradora que atienda el mantenimiento de lo poseen en común. Y más allá del muro, la calle, y una redoma cubierta de gamelote que no es problema mío porque yo pago mis impuestos para que la limpien. Puertas adentro, un palacio, puertas afuera, el abismo de lo público: lo de nadie.
Convocar al urbanita clase media a la organización comunitaria y al trabajo voluntario que implica la siembra, atenta contra todo lo que el urbanita es y valora. Es la vuelta a la edad de piedra, un golpe a la civilización. Ni siquiera los invites a sembrar en sus macetas, individualmente, tal como les gusta, pero en lugar de geranios, una tomatera, unos cebollines, una matica de albahaca para consumo propio. No me da la gana, porque para eso están los campesinos, cuyo trabajo reivindico cuando amenaza la posibilidad de tener que llenarme las manos de tierra.
Aferrados a la desinformación, juran indignados que la agricultura urbana se propone como solución única al tema alimentario -¡qué bruto es Nicolás!-. El ombligismo no les deja ver sino obstáculos y desventajas, ni de vaina documentarse, ni vaina imaginar, al menos, el impacto positivo que tendría en zonas de populares -¿A quién le importa?-. Quieren soluciones macro, eso sí, macro sin micros. Frente al abrumador hecho de el 89% del país vive en zonas urbanas y pretende ser alimentado por el 11% restante que vive en el campo, ven en la industrialización la única salida, nada de soluciones alternativas, complementarias, esas son vainas jipis y chaburras, nada al alcance de la mano, nada de ser parte de la solución ¡Que viva el glifosato y la cadena de distribución!

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